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La Subsecretaría de Cultura invita a participar en esta nueva apertura, que se realizará el miércoles 15 de abril, a las 20, en el Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú-Casa Fader (Mayor Drummond, Luján de Cuyo). La entrada es gratuita, por orden de llegada.
Sobre la muestra patrimonial Laureados
La exposición reúne obras premiadas en certámenes provinciales que han contribuido a consolidar la identidad visual mendocina.
Los salones de arte en Mendoza han sido, desde 1918, mucho más que instancias de premiación. Han funcionado como un dispositivo: una red de instituciones, jurados y discursos que definen qué es arte, qué merece ser conservado en los museos y qué queda fuera de ese reconocimiento.
En este marco, la muestra propone recorrer los primeros premios provinciales no solo como distinciones individuales, sino como piezas clave en la construcción de esa identidad visual. Desde el paisajismo naturalista de los inicios hasta las rupturas de la modernidad, el Salón ha operado como un espacio de consagración y también de disputa.
A lo largo del siglo XX, este ámbito reflejó tensiones políticas y culturales. Fue escenario de resistencia —como el boicot de 1945 contra el gobierno interventor— y de gestos de disidencia durante la última dictadura. Al mismo tiempo, experiencias alternativas como el Salón de Cuyo (1942–1976) apostaron por la pluralidad sin premios, desafiando las lógicas tradicionales de legitimación.
Interrogar estos reconocimientos en la actualidad implica también visibilizar zonas de vacancia: la escasa presencia de mujeres, de artistas no profesionales y de prácticas que no se ajustaron a las normas dominantes.
El valor de las obras aquí exhibidas no es preexistente, sino que fue construido a partir de reglamentos y jerarquías que hoy se ponen en cuestión. Así, la muestra no solo revisa una historia de consagraciones, sino que abre una pregunta clave: ¿qué condiciones hicieron posibles estos reconocimientos y qué relatos quedaron fuera de escena?
Sobre la muestra La abstracción simbólica, de Ángel Oliveros
Ángel Oliveros ocupa un lugar singular en el arte mendocino. Su tránsito de la figuración a la abstracción no respondió a modas, sino a un proceso íntimo y disciplinado de búsqueda. Para el artista, abstraer no implicaba alejarse del mundo, sino acceder a su dimensión más profunda: “Tomar un objeto y disgregarlo, pero que siempre quede su esencia”.
A diferencia de las corrientes geométricas o informales de los años cincuenta, Oliveros desarrolló una abstracción de carácter simbólico. Su obra no surge de una ruptura abrupta, sino de una transformación paulatina de la figura, donde el equilibrio, la forma y el color —propios de su formación académica— permanecen como ejes fundamentales.
Para el artista, la pintura no era un ejercicio de libertad azarosa, sino un oficio que exigía rigor: “La pintura no es divertimento, es un dolor”, afirmaba, en referencia al compromiso físico y psíquico del proceso creativo.
En su producción, la naturaleza y el entorno funcionan como punto de partida para una búsqueda que no intenta representar lo visible, sino indagar en aquello que permanece como incógnita. Oliveros no describe el mundo: lo explora, insiste sobre él y, finalmente, lo trasciende.
De esta manera, el Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú-Casa Fader se consolida como un espacio de encuentro con propuestas que reflejan la riqueza y diversidad del arte mendocino.


