La comida como refugio: El 40% de la población podría presentar ingesta emocional

Jun 12, 2026 | ESPECIALES, SALUD Y DEPORTES

Sucede cuando comer no es por hambre sino por emociones. Se trata de una conducta frecuente que lleva a buscar en los alimentos una respuesta al estrés, la ansiedad, el enojo o la tristeza. Identificar qué emociones están detrás del impulso de comer es el primer paso para romper un círculo que suele terminar en culpa y malestar. La buena noticia: es factible superarlo.

Abrir la heladera después de una discusión, buscar algo dulce en medio de una jornada estresante o comer sin hambre durante una tarde de aburrimiento son situaciones más comunes de lo que parecen. Detrás de esos comportamientos puede estar actuando el denominado «hambre emocional», una forma de vincularse con la comida que poco tiene que ver con una necesidad fisiológica.

Las emociones participan en todas las etapas de la conducta alimentaria: influyen en la motivación para comer, en la elección de los alimentos, en la velocidad con que se consumen e incluso en la memoria del gusto. Sin embargo, cuando comer se transforma de manera reiterada en la respuesta automática frente al malestar, la ansiedad o la preocupación, la alimentación comienza a cumplir otra función: la de intentar regular estados emocionales.

En estos casos, muchas personas ni siquiera logran identificar qué emoción están experimentando. Solo perciben una sensación de vacío, incomodidad o tensión que rápidamente se traduce en ganas de comer. Y los alimentos elegidos suelen tener una característica en común: aportan placer inmediato.

Generalmente se eligen productos ultra-procesados, ricos en azúcares, grasas y sal, que generan una sensación momentánea de placer, aunque poseen escaso valor nutricional.

Los especialistas advierten que esta estrategia de regulación emocional suele resultar ineficaz. La causa del malestar permanece y, además, puede aparecer una sensación posterior de culpa o vergüenza que alimenta un círculo difícil de romper: malestar emocional, ingesta impulsiva, culpa y nueva ingesta.

Estas conductas muchas veces tienen origen en aprendizajes familiares o en hábitos incorporados desde edades tempranas. En otros casos, están asociadas a cuadros de ansiedad, preocupación persistente o sufrimiento emocional sostenido, por lo que requieren un abordaje profesional. Lo cierto es que el vínculo con los alimentos deja de ser saludable porque éstos se alejan de su función natural (nutrir y brindar energía) para intentar compensar un malestar psicológico.

Si bien no hay datos oficiales, existe un estudio realizado en Argentina, que, muestra que alrededor del 40% de la población estudiada  presenta ingesta emocional y que las mujeres están más influenciadas que los hombres por las emociones al momento de comer, eligiendo alimentos dulces y  grasos. Cabe señalar que el estudio mencionado giró en torno de la influencia de las emociones en la conducta alimentaria en trabajadores de la Universidad Nacional de Entre Ríos y fue realizado por profesionales en 2022.

La buena noticia es que la ingesta emocional puede trabajarse. A través del acompañamiento de profesionales de la salud, y según cada situación particular, es posible identificar los desencadenantes, reconocer las emociones involucradas y desarrollar herramientas más saludables para afrontarlas.

Hambre constante: ¿hambre de qué?

La psicóloga del equipo del Programa Provincial de Obesidad, Alejandra Mellado, explica que las emociones acompañan todas las experiencias humanas y cumplen una función esencial en la adaptación al entorno.

«Las emociones surgen ante pérdidas, cambios, ausencias, incertidumbres o acontecimientos inesperados. Ninguna emoción es buena o mala y todas son necesarias. Lo importante es poder reconocerlas y observar su intensidad y duración», señala la especialista.

Mellado destaca que identificar las emociones permite comprender cómo reaccionamos frente a ellas y detectar cuándo intentamos silenciarlas mediante conductas que pueden resultar perjudiciales para nuestra salud.

Respecto de la ansiedad, explica que se trata de una emoción natural caracterizada por una sensación anticipatoria de miedo o preocupación. En niveles moderados puede ayudar a resolver problemas y afrontar desafíos. Sin embargo, cuando se vuelve desproporcionada o aparece sin una causa real, puede transformarse en una ansiedad desregulada que favorece conductas como la ingesta emocional.

Más información y asesoramiento: Programa Provincial de Obesidad Coronel Rodríguez 1209 de Ciudad de Mendoza, obesidadmendoza@gmail.com – 4202148.

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